2 de marzo de 2026 · 2 min de lectura
El emprendedor más loco que he conocido

En 2014 estaba terminando el máster de emprendimiento.
Tres meses en Barcelona, tres en Taipei y tres en San Francisco.
Y el tiempo que pasé en San Francisco (el último tramo) me cambió bastante la cabeza.
De hecho, me quedé allí más tiempo.
Mi idea era intentar trabajar en Silicon Valley, aprender de startups de verdad. Sentía que se me había abierto un mundo nuevo.
La madre de mi novia, que vivía en San Francisco, nos consiguió una entrevista con un radiólogo amigo suyo.
Según nos dijo, estaba montando tres empresas a la vez y necesitaba ayuda.
Así que fui emocionadísimo.
Nos sentamos con él y empezó a contarnos sus proyectos.
El primero tenía sentido: un sistema para organizar mejor los hospitales. Encajaba con su experiencia.
El segundo ya se iba un poco más lejos: una especie de programa gigantesco sobre anatomía del cuerpo humano, algo muy ambicioso, muy difuso.
Y el tercero… el tercero era “el nuevo Facebook”. Mejor que Facebook.
Llevaba dos años pagándole a un programador y decía que cuando el mundo lo viera, alucinaría.
En ese momento yo todavía no sabía distinguir entre un visionario y alguien completamente desconectado de la realidad.
Así que escuchaba, atento.
Hasta que nos enseñó los proyectos en el ordenador.
Lo que vi fue una copia cutre de Facebook, mal diseñada, sin tracción, sin usuarios. Los otros programas estaban a medio hacer, sin validar, sin mercado, sin nada.
Pero lo más fuerte no fue eso.
Lo más fuerte fue que él vivía en una fantasía total.
Hablaba de cómo repartiría la empresa entre sus hijos. Tenía la cultura corporativa pensada. Visualizaba el éxito como si ya hubiera ocurrido.
Y repito, sin producto ni clientes, ni ningún tipo de validación.
Salí de ahí con una epifanía: jamás quiero ser ese tipo de emprendedor.
Ese, fue probablemente, el emprendedor más loco que he conocido. Y también uno de los que más me enseñó.
Desde entonces tengo una norma personal: reducir al máximo el tiempo que paso en la fantasía.
Cuanto más tiempo paso imaginando lo grande que será algo, peor me va.
Y cuanto antes salgo a la realidad, mejor.
Porque la fantasía es cómoda. La realidad es incómoda.
Pero solo una de las dos paga las facturas.
Esa lección a él le costó cientos de miles de dólares y años de su vida.
A ti te puede costar 1 euro.
En la nueva masterclass de emprendimiento que he grabado explico cómo evitar caer en esa trampa y cómo validar una idea antes de enamorarte de ella.
Así que, si vas a equivocarte, que sea barato.
Y si vas a soñar, que sea con datos.
Puedes acceder hoy mismo aquí.
Que vaya genial el día,
Euge.

